jueves, 28 de agosto de 2014

Entre el blanco y el negro, Àlvar Calvet



Entre el blanco y el negro
El tema del blanco y el negro como color físico fue tratado por Rodchenko a principios del siglo XX, lo hizo con ánimo de llegar a una realidad más profunda y acorde con el concepto de la pintura de entonces. Pintó una serie de cuadros en los cuales el color, o la ausencia de él, era el motivo de su propia representación. Pintó negro sobre negro, blanco sobre blanco, rojo sobre rojo, amarillo sobre amarillo y también los contrarios sobrepuestos, “negro sobre blanco… etc. ” Malévich le dio al tema una dimensión filosófica, mística y si se quiere metafísica. Pintó dos cuadros que han hecho historia, “blanco sobre blanco” y “negro sobre negro.”  En la pintura de Malévich constatamos que en los dos cuadros, situados en los extremos luminosos, existen pequeñas diferencias, leves melodías para observar y no quedar desamparados; cosa que si ocurría con las pinturas de Rodchenko.
Desde entonces han pasado muchas cosas en la historia de la humanidad y pintura, ahora algo nos dice que todo esta más allá del horizonte o que el cuadro es el horizonte mismo. La mirada nos hace cómplices de la idea y allí donde no hay nada siempre aparece alguna cosa que proporciona argumentos. Una reverberación sutil es suficiente para vislumbrar una leve esperanza y hacernos preguntas. Sabemos que la nada, el vacío, no lo es tanto y que en sus inhabitables espacios se gestan las probabilidades de la vida. En el vacío se construye la realidad que vemos si sabemos lo que vemos. La luz, la sombra, son rostros de la misma realidad y la diferencia radica en nuestros ojos. En el horizonte de sucesos asoma el tembloroso matiz que forma el pensamiento. El cuadro blanco esta pletórico de contenidos y así se afirma cuando somos capaces de pensar en el esplendor de la luz. El negro no niega nada y constatamos en él la textura que aparece con resplandores minerales. Vemos en la negación de la luz, la sutil luminiscencia de la dirección del pincel y la perspicacia del observador que se hace cómplice de aquel vacío abisal. La conclusión; el blanco es luz que deslumbra con aquello que contiene y el negro es negación que afirma con aquello que le falta. En los dos extremos podemos escribir los versos del misterio y ocultar el suave pañuelo de las intenciones.

La luz, del blanco al negro.
Entre los dos extremos, el de la máxima luz y la sombra más oscura, sitúa Àlvar Calvet los sutiles registros del ser. Entre esas dos fronteras, cada una de ellas inhabitable, dibuja la trama personal de 24 marroquíes, 12 que viven en Cataluña y doce en Marruecos.
Les llama retratos y han adoptado formas geométricas, tramas realizadas a mano alzada que presentan matices y colores que van, o vienen, del blanco al negro. Toda la serie tiene un marcado interés por valorar las formas geométricas. Muy por encima de las armonías del color están los gestos de la mano, la idea de la trama y la urdimbre que teje el cuadro.  Valora de manera destacada estos dos hilos de contrariada luz que configuran el tejido de un telar invisible; aquel que se forma en el pensamiento humano…
Quizá tengamos que pensar que estas obras son metáforas y lo que Àlvar nos quiere explicar responde a como se debate el ser en su laberinto. Quizá la trama y la urdimbre presentan al ser atrapado en su piel y éste forcejea e intenta liberarse de la esclavitud del rostro, de la sumisión al nombre,  para instalarse en la “presentación del alma”.
También nos muestra otro compromiso, otra mirada, otro principio que no niega a los anteriores: entre el blanco y el negro están los ojos del que mira, el ser observador y el retratado… Cada persona, 24 en total, se definen en una trama alegórica, una red de caminos infinitos que contienen las claves del lugar “donde habitamos…”

Pienso que hay que ser justo con las palabras y hacer ver que la trayectoria de Àlvar Calvet es estéticamente coherente en su trabajo, tanto en la “manera de operar” como en los temas que trata. Él ya había elaborado estas formas y la paleta de colores enjutos es parte de su ideario. Estas tramas también son parte fundamental de su discurso y con él aborda temas diferentes; el retrato puede ser aquí una excusa…
Sobre los retratos, pienso que la que presento es una lectura atrevida, quizá veo y hablo sobre mi propia proyección, y sería pedir demasiado, o lo justo, o quizá poco, que cada una de las obras “presentara el espíritu” de la persona representada.

Sala de la casa de cultura de El Catllar. Exposición de Àlvar Calvet

12 Unidades, aquí y allá
Las obras son herméticas pero se presentan como “retratos” obras dedicadas a personas concretas y todos ellos emigrantes. El hecho de escoger el número 12, aquí y allá, no es una casualidad; por tanto creo conveniente introducir una valoración del número para situar en su lugar el despliegue de significados.
El 12 es el número solar, el que regula sus movimientos temporales y mide su espacio circular. Como digo el numero es una referencia espacial y temporal contemplada des de la escala humana. El sistema sexagesimal nació de la componenda de los dedos de la mano derecha y los múltiplos que proporciona los dedos de la izquierda. El tiempo todavía se mide con el sistema sexagesimal y sus submúltiplos. Entendemos por años, días, horas, minutos y segundos. El día tiene 12 horas y 12 son para la noche, de la misma manera el año tiene 12 meses… En los cálculos babilónicos el año tenía 6 veces 60 = 360 días, pero después se ajustó a 365, pequeño desajuste del sistema sexagesimal. El espacio de los círculos celestes y las esferas también se fraccionó en ángulos (grados, minutos y segundos)…
El doce es el numero de veces que la luna gira alrededor de la tierra  y los astrónomos primitivos establecieron como 12 los signos del zodiaco. También es una medida común en el mediterráneo comprar los productos por docenas y en la Grecia antigua eran 12 los dioses principales del Olimpo. Es el numero de la perfección y del orden cósmico. 12 son las estrellas de la bandera de la unión Europea inspirada en la tradición que dice que el doce es el número de la perfección, la igualad y la plenitud.

Para los creyentes, son muy conocidas las doce tribus de Israel, fundadas por los doce hijos de Jacob. También eran doce las estrellas que se representaban a la bandera del pueblo judío. En la Biblia son nombradas las 12 puertas de la Jerusalén celeste, también lo son los 12 frutos del espíritu santo, el mismo que los frutos del árbol del la vida. Se dice también de las  estrellas doradas de la purísima recortadas sobre el azul del cielo. 12 eran los diáconos, los hombres justos del evangelio y 12 eran los apóstoles... A Judas se le negó el título de apóstol, quizá para ajustarse al número…

El retrato: un señuelo del ser…
Por el momento podemos ver como la trama y urdimbre en la pintura nos sugiere una red de bifurcaciones y cruces infinitos. El ser se ubica pues en su laberinto y tenemos que pensar que si es consciente observa y despliega su potencial intuitivo. Quizá sea capaz de presentir la existencia de toda la red, si no es así, sólo verá su casilla y los límites que la circundan. Se trata de una trampa metafórica, un embeleco para ilusos… Vamos a pensar que estas ballestas de color representan las cimbras del mundo y encarnan todo aquello que es posible entre los dos extremos. El entramado teje las probabilidades y es donde se observan los referentes, donde se forman las hipótesis y se crea la “realidad”; es ahí donde el pensamiento se hace y se manifiesta. (Entiendo la realidad como ilusión, ensueño que crea la mente). En este contexto, el de la pintura, lo que vemos y la materia con la que estamos formados, es una paradoja incomprensible. Sólo es admisible si lo hacemos con voz poética.
Cada individuo tiene la opción de ver entre la luz y la sombra, entre el blanco y el negro y si hace un ejercicio de inteligencia ajustada, notoria, sublime, llegará a la conclusión de que en el lienzo de la “realidad” el ser sólo puede ocupar un lugar en el cuadrante que enmarque su pensamiento. En el mejor de los casos y en la sutil conjetura de lo probable, sólo puede moverse dentro de la cuadrícula y cambiar de lugar como se hace en el juego ajedrez o en el de damas. Así se define la geografía del retratado, este puede ir del blanco al negro, pasar por los infinitos matices que se despliegan entre los dos extremos pero no puede “romper el juego”; nunca se puede salir del tablero o estar en todas las casillas a la vez y quedar cuerdo.
No obstante el ser es un creador compulsivo, un poeta que puede inventarse las puertas de la liberación, imaginarse más allá de los limites, pero ha de ser lucido y hacerse a la idea de que, en realidad, cerradas las puertas de la poesía, él sólo es libre para escoger en que cuadrícula se queda.
Creo oportuno citar aquí unos versos de Rainer María Rilke en: “Poemas tempranos”

Pero las tardes son dulces y mías
bañadas en la tranquila luz de mi mirada:
entre mis brazos se duermen los bosques,
y sobre ellos soy yo mismo el sonido
y en la oscuridad de los violines
todo mi oscuro ser está unido.


El retrato
Aunque siempre se ha representado así, el ser no es un rostro, ni “un amasijo de nervios y tendones”, es una caja misteriosa donde se recombinan las experiencias vividas con todo aquello que nos viene dado. El ser es una trama de complejidades que lucha para liberarse de la ilusión, o para sumergirse en ella, la “realidad” que cada cual fabrica en su mente. El ser se mueve en un mundo reducido, acoplado a su entendimiento. Su contexto es el lecho donde se mecen sus pensamientos y en ellos deposita su razón de ser. Entre la luz liberadora puede sentir como los ojos traspasan la oscuridad de los violines, los bosques duermen entre las manos y el oscuro yo se une a las estrellas lejanas… En el mejor de los casos el ser es un hermoso poema, un verso enamorado y agradecido a la vida. En el peor una quimera que lo retendrá inmóvil en una de las cuadrículas. Radicalizado y ciego en la oscuridad del cuadrado negro, deslumbrado e hipnotizado por el exceso de luz en el blanco, en los dos casos no podrán seguir el juego ya que no puede ver…

La claridad
Dice Tagore en el versículo 39 de: “La cosecha”.
Se ha abierto el muro en dos, y como una risa divina, de repente ha penetrado la luz.
¡Venciste, luz! ¡Has atravesado el corazón del alma de la noche!
¡Corta en dos el enredo de la duda y la enfermedad de los deseos!
¡Venciste!
¡Ven implacable!
¡Ven, nívea en tu blancura!
Tu tambor, oh luz, resuena el paso del fuego, tu roja flama ondea en lo alto, y hasta la muerte fenece en un estallido de esplendor.

La muerte fenece en un estallido de esplendor… En ese momento los dos extremos se besan apasionadamente para crear un enlace nuevo. Entre el blanco y el negro se expande la luz; entre sombras aparecen los matices  para mostrarnos el mundo. Con ellas se hace posible la percepción de las cosas, los sentidos se abren a nuevas realidades; es entonces cuando se inician los juegos del entendimiento. En la luz de la mente aparecen los contrastes, los matices y valores, así se forman los conceptos, los significados en las palabras, la turbación de las emociones y con estas conexiones trazamos lentamente el asombroso rostro del mundo.
Aparentemente nada podemos encontrar en los extremos, en ellos fenecemos ya que son espacios sin señales, sin signos y ahí nuestra mente se queda huérfana de referentes. Sin memoria, sin indicaciones el juicio desaparece; en la ausencia de percepción, en la negación de los sentidos, la mente queda en el lugar de las piedras. Nada hay más allá del profundo oscuro, nada más aquí de la máxima reverberación de luz; eso dice nuestro razonamiento.
En la percepción de la nada se diluye todo aquello que no se puede pensar, eso muestran los sentidos cuando no son capaces de describir la ausencia, el silencio, la quietud, el enigma que reverbera de lo eterno. El ser se encuentra y se hace en la infinidad de matices que se desprenden y se muestran entre el blanco y el negro; ¡no hay nada más! En los extremos no hay espacio para la vida, son escenarios minerales, pero justamente por aparecer como teatros inhabitables, incomprensibles y crípticos, nos llaman la atención, nos seducen sus silencios y provocan nuestro asombro. Son espacios que se presentan pletóricos a la intuición. En realidad se trata de enclaves físicos que tienen respuestas físicas pero también son lugares donde crece la duda y donde nacen las claves del misterio.

El misterio del ser
Cuando la luz se apaga, nadie puede evitar la pregunta: ¿dónde ha ido a parar? Cuando alguien muere, tampoco; el ser huye y de él solo queda un sutil rastro en nuestros recuerdos… Y cuando se enciende y se alejan las sombras pasa lo mismo; ¡dónde se han recluido? Entonces nacen otras preguntas; ¿serán las sombras el espacio de la muerte, el lugar donde no se registra nada, nada, y mucho menos los pensamientos? ¿Será la luz el deslumbramiento de la razón, un instante previo al origen del ser. Será esta la imagen invisible del rostro dorado de Dios?
En ocasiones un respiro alentador nos anima y la comprensión de las complejidades se revela en un instante. Es cuando averiguamos que la oscuridad y la luz están igual de llenos y se presienten pletóricos de memoria. La física nos habla de la materia y sus permutaciones, de su excitada energía y de su “milagro dual” . Nos dice que por medio de la velocidad la materia se deviene en luz. La luz y la sombra, el blanco y el negro son los extremos del mismo mundo; ¡son las fronteras, los límites del ser! Sabemos que la oscuridad esta llena de materia que un día resplandecerá. También la luz está sometida a una pérdida de vigor que lentamente caerá en la sombra y el olvido. La resultante de estos desencuentros es el  mundo que vemos; elegía a los cambios que nos explican quienes somos. El pensamiento, la conciencia del yo, la presencia del espíritu aparecen entre el blanco y el negro; justo en esa delgada frontera, en ese límite pletórico de referentes aparece todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser…

Gregorio Bermejo

Tarragona 27-8 2014


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